La fiesta de Pentecostés se celebra por el pueblo cristiano como el día en que el Espíritu Santo descendió a los Apóstoles. Entendámoslo bien. No es algo exclusivo que ocurrió un día a los Apóstoles dándoles fuerza y luz para comenzar a predicar lo que aprendieron en compañía de Jesús. Es una realidad siempre presente en la Iglesia y en todos los que pertenecemos a ella. Esta fiesta manifiesta la Providencia y amor de Jesús por sus seguidores. “No os dejaré huérfanos!” (Jn 14,18). Como buen Padre no quiere que al dejarnos físicamente, sus seguidores nos quedemos desamparados, sin saber qué hacer ni qué rumbo tomar. Por eso, antes de dejarnos físicamente, proveyó para sus seguidores la forma de acompañarnos, de estar presente en nuestras vidas, como lo estuvo con los apóstoles mientras vivió.
La presencia física le limitaría a un tiempo y lugar determinados. Por eso, continúa su presencia por medio de su Espíritu, que es la misma presencia de Jesús a todos y cada uno de sus seguidores, para continuar hasta el final de los tiempos lo que Él dijo y enseñó: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine el mundo” (Mt 28,20). Pentecostés es la fiesta de la Iglesia y de todos los que pertenecemos a ella para que tomemos conciencia de que Jesús, al Ascender al cielo no nos deja solos y continúa a nuestro lado animando e iluminando nuestra vida y fortaleciéndonos para que seamos sus testigos: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo… y serán mis testigos” (Hech 1,8), donde quiera que estemos y vayamos. Es decir, dando testimonio con la vida y con la palabra de su vida y enseñanzas. La principal, el amor al prójimo, especialmente a los pobres, con todo lo que implica de servicio y solidaridad. ¡ Feliz fiesta de Pentecostés !