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CREI Y POR ESO HABLE, Carta Pastoral de los Obispos de Guatemala con ocasión del Año de la Fe

Creí y por eso hablé

(2 Cor 4,13)

 

Carta pastoral de los Obispos

de la Conferencia Episcopal

de Guatemala

con ocasión del

Año de la Fe

 

 

Indice

• Introducción...................................................................

• El Año de la Fe y la nueva evangelización....................

• Propósito de esta carta..................................................

• Una nube de testigos nos precede................................

• Los retos de hoy............................................................

• La fe que nos salva.......................................................

• La nueva evangelización para la transmisión de la fe...

• Salió el sembrador a sembrar.......................................

• A cada uno ha sido dada la gracia................................

• Dichosa tú que has creído.............................................

 

 

 

Creí y por eso hablé

para fortalecer el empeño de transmitir la fe cristiana

en una nueva evangelización

A los sacerdotes diocesanos y religiosos

A los hombres y mujeres consagrados

A los fieles laicos de la Iglesia católica

 

 

Queridos hermanos,

 

1. Creí y por eso hablé (2 Cor 4,13), declara san

Pablo, para expresar el estrecho vínculo que existe entre la

fe profesada y la urgencia de evangelizar, de anunciar y

transmitir a otros esa misma fe que da sentido y consistencia

a su vida. También nosotros, a imitación del Apóstol,

queremos manifestar la fe que creemos y asumir la tarea de

anunciarla a todos. Queremos que este Año de la Fe tenga

como fruto el empeño renovado de emprender la tarea de la

nueva evangelización. El magisterio pontificio y el de los

obispos de América Latina han identificado la tarea de la

nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana

como el eje que debe articular nuestra actividad pastoral

hacia el futuro y el Año de la Fe es oportunidad de gracia

para asumirla con nueva convicción.

 

2. En efecto, la transmisión de la fe, no es una

opción que los creyentes podamos asumir o no según los

momentos, las ocasiones y las preferencias pastorales. La

comunicación y la transmisión de la fe es parte integral de la

existencia cristiana. El creyente no cree sólo para sí. El

creyente, por serlo, da testimonio, comunica, transmite la

alegría de la fe. La fe, como forma de vida, tiene en sí tal

vigor y fuerza, que convoca también a otros a asumirla como

forma de vida propia.

 

3. En esta carta pastoral, los Obispos de la

Conferencia Episcopal de Guatemala proponemos una

reflexión sobre el vínculo entre la fe y la nueva

evangelización, sobre el modo como asumimos la fe en

Jesucristo que nos identifica como creyentes y el modo como

la proponemos a quienes no la conocen. Renovamos la

convocatoria que se hizo en la V Conferencia General del

Episcopado Latinoamericano y del Caribe para ser discípulos

misioneros de Jesús, para que nuestros pueblos en Él

tengan vida.

 

4. Poco antes de la aprobación final de esta

carta, el Santo Padre Francisco publicó la carta encíclica

Lumen fidei sobre la fe cristiana. Agradecemos al Papa la

iluminación y motivación que nos ofrece con esa encíclica.

Urgimos a todos los fieles católicos en Guatemala para que

la lean, la mediten y la estudien. Nuestra carta se redactó

antes de la publicación de la encíclica y con otros propósitos

y planteamientos. Por eso entendemos que es un

complemento, que deberá ser leída a la luz de la encíclica

papal.

 

El Año de la Fe y la nueva evangelización

5. El papa Benedicto XVI instituyó el Año de la

Fe1 con ocasión de cumplirse los cincuenta años del inicio

del Concilio Vaticano II y los veinte años desde la publicación

del Catecismo de la Iglesia católica. El Año de la Fe inició el

11 de octubre del 2012 y concluirá el 24 de noviembre de

2013, en la solemnidad de Cristo Rey. El inicio del Año de la

Fe coincidió con la celebración de la XIII Asamblea Ordinaria

del Sínodo de los Obispos que reflexionó sobre el tema de la

nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.

Estos acontecimientos guardan un vínculo entre sí, pues

todos ellos tienen que ver con la revitalización de la Iglesia y

de la fe de los creyentes por el encuentro con Jesucristo y

 

 

1 Carta apostólica en forma de motu proprio Porta Fidei del

sumo pontífice BENEDICTO XVI con la que se convoca el Año de la

Fe. Roma, 11 de octubre de 2011.

 

 

por el deseo de responder de modo nuevo a la convocatoria

que Dios nos hace para una nueva evangelización.

 

6. El Concilio Vaticano II tuvo el propósito de

dotar a la Iglesia de una reflexión teológica y pastoral, que le

permitiera asumir su tarea evangelizadora en las nuevas

condiciones culturales y sociales, que a mediados del siglo

XX ya tenían un perfil definido. En el Concilio la Iglesia puso

con mayor claridad la Palabra de Dios en el centro de su

atención, pues en ella Dios se nos revela al hablarnos como

a amigos.2 Nos enseñó a escucharla, a interpretarla y a

ponerla en práctica, pues la Palabra de Dios suscita nuestra

fe. En consecuencia en el Concilio, la Iglesia reflexionó

ampliamente sobre su propia identidad teológica3 y sobre su

tarea pastoral en el mundo.4 Finalmente en el Concilio la

Iglesia renovó el modo como damos culto a Dios,

restituyendo la liturgia a sus fundamentos esenciales para

que la liturgia transparente de modo más claro la gracia y la

bondad de Dios hacia nosotros.5 Los otros documentos del

Concilio, los decretos y declaraciones, fueron desarrollos

específicos de estas cuatro constituciones.

 

7. El Concilio pidió también la elaboración de un

nuevo Catecismo de la Iglesia católica, que fuera el

compendio que propone de manera ordenada y resumida lo

que la Iglesia profesa, celebra, vive y ora. El Catecismo

tiene su fundamento en la Palabra de Dios tal como ha sido

recibida, creída y proclamada en la Iglesia. Es uno de los

frutos del Concilio y recoge los planteamientos doctrinales

del Concilio Vaticano II y de los anteriores concilios de la

Iglesia. Es el libro de referencia que nos enseña quién es

Dios y las obras en las que se ha manifestado tal como las

profesamos en el Credo, cuál es la salvación que él nos

 

2 Constitución dogmática sobre la divina revelación Dei

Verbum

3 Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium

4 Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual

Gaudium et spes

5 Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum

Concilium

 

ofrece y cómo participamos nosotros en esa salvación a

través del culto y los sacramentos; nos enseña cómo

debemos actuar los cristianos para que nuestra conducta

sea constructiva y humanizadora a través de los

mandamientos y cómo debemos relacionarnos con Dios en

la oración ya que Él es el origen y la meta de nuestra vida.

 

8. El Sínodo de los Obispos fue la institución

creada a raíz del Concilio como órgano de participación del

colegio episcopal en la responsabilidad por la Iglesia

universal y como instrumento por el cual los obispos del

mundo asisten al Obispo de Roma en el gobierno pastoral de

la Iglesia. Las diversas asambleas del Sínodo a lo largo de

los años han ido tratando una diversidad de temas y asuntos

con el fin de impulsar una mejor aplicación de las

determinaciones del Concilio Vaticano II. La XIII Asamblea

ordinaria del Sínodo que tuvo lugar en Roma en octubre del

año 2012 reflexionó sobre la nueva evangelización para la

transmisión de la fe cristiana. Los obispos como parte del

colegio episcopal presidido por el Papa convocan a los

creyentes a renovar la propia fe por medio del encuentro con

Cristo y a proponerla al mundo en un nuevo empeño

evangelizador en las nuevas circunstancias culturales.

 

9. La colegialidad episcopal también ha tenido

expresión regional en las Conferencias del Episcopado

Latinoamericano y del Caribe, que a lo largo de las cuatro

sesiones postconciliares (Medellín, Puebla, Santo Domingo y

Aparecida) han ayudado a concretar para el continente

americano las determinaciones pastorales del Concilio

Vaticano II. La V Conferencia, celebrada en mayo de 2007,

adelantándose a las deliberaciones de la XIII Asamblea del

Sínodo de los Obispos, propuso la “misión continental” como

la forma y el nombre con el que la tarea de la nueva

evangelización se debía realizar entre nosotros. Es el

empeño permanente, duradero y generalizado de hacer de la

transmisión de la fe la tarea que articula la actividad de las

diócesis, las parroquias, los institutos de vida consagrada,

las asociaciones de laicos, los movimientos, las pequeñas

Comunidades de fieles.6 La fe tiene en sí misma una

dinámica que mueve al creyente a comunicarla a través del

testimonio de su propia vida y de su palabra.

 

Propósito de de esta carta

10. El Año de la Fe hace referencia a estos

acontecimientos eclesiales que acabamos de evocar. Todos

esos acontecimientos tienen un dinamismo evangelizador,

tienen el propósito de renovar la vida de los creyentes y de la

Iglesia a través de la revitalización del impulso

evangelizador. Por lo tanto, el Año de la Fe no puede ser

visto como un año conmemorativo cerrado en sí mismo que

simplemente celebra unos aniversarios y concluye con su

clausura. El Año de la Fe quiere ser más bien tiempo de

renovación, plataforma de lanzamiento, impulso creativo

para asumir con vitalidad la tarea evangelizadora en las

nuevas circunstancias del mundo contemporáneo.7

 

11. Por eso, los obispos de Guatemala

publicamos este mensaje con el que queremos renovar

nuestro propósito de asumir nosotros mismos la tarea de la

evangelización, el anuncio explícito de Jesucristo y del amor

de Dios, como contenido principal de nuestro quehacer

pastoral. Con este mensaje queremos convocar a nuestros

colaboradores principales, los presbíteros en cada diócesis,

a que sean dóciles a la llamada del Espíritu y a apoyarnos en

la consolidación y ejecución de la nueva evangelización en

nuestras iglesias particulares. Con este mensaje queremos

motivar a los religiosos y a las religiosas a renovar su propia

vida de consagración a Dios y a centrar en Jesucristo y su

Evangelio su proyección pastoral en la Iglesia. A través de

este mensaje queremos animar a los fieles laicos, sobre todo

a quienes son los colaboradores más cercanos en la tarea

pastoral y a quienes están organizados en las diversas

asociaciones laicales, a que secunden y apoyen de manera

6 V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y

del Caribe, Documento conclusivo, Capítulo 7, especialmente n.

362 (citado de aquí en adelante como Aparecida).

7 Porta fidei, 7

 

 

coordinada y en comunión con sus parroquias y diócesis la

tarea evangelizadora de la Iglesia. Pero también y sobre

todo queremos urgir a esos mismos laicos a que asuman con

más vigor y convencimiento su propia vocación. Los urgimos

para que sean agentes de transformación de las realidades

de este mundo, a fin de que esas realidades entren en la

dinámica propia del Reino de Dios. A través de la formación

de la familia, a través del trabajo, a través de la participación

ciudadana, los laicos y solo ellos, tienen la posibilidad de

actuar en los propios ámbitos de incidencia desde las

convicciones de fe cristiana, para que nuestra sociedad esté

más abierta al reino de Dios y de ese modo sea más

humana, más solidaria, más llena de sentido y de esperanza.

 

Una nube de testigos nos precede

12. Nuestra fe y nuestra Iglesia de hoy tienen un

pasado que habla de entrega, de testimonio, de sacrificio, de

generosidad y de humanización. La fe católica tiene una

historia de casi cinco siglos en nuestro país. Recordar

algunas etapas de esa historia contribuye a dar consistencia

a nuestra fe de hoy, a recibirla con agradecimiento, a

recordar algunas personas que trabajaron de manera

insigne, a veces en circunstancias adversas, para dar

testimonio de Jesucristo y fortalecer la fe de los creyentes.

Esta breve memoria quiere ser motivación para que también

nosotros tengamos la fuerza y la valentía de vivir, proponer y

anunciar la fe en Jesucristo en nuestras circunstancias

actuales.

 

13. El hecho de que la primera evangelización

sucediera en el marco de la colonización la marcó con

ambigüedades que no podemos negar ni ocultar, aunque la

intentemos explicar. Todo proceso de colonización implica

violencia; de allí su inmoralidad, contra la que se levantaron

voces de teólogos y académicos ya en el siglo XVI. La

concepción de la época según la cual la religión era un

asunto público bajo la responsabilidad del Estado hizo que la

fuerza coercitiva del Estado actuara en el marco de la

primera evangelización, en una alianza que hoy nos cuesta

trabajo entender, y que de ninguna manera queremos

justificar. La separación de la Iglesia y el Estado es cosa de

hace un par de siglos. Hoy podemos criticar desde la

perspectiva del presente las limitaciones humanas, los

condicionamientos culturales y políticos, las visiones

teológicas de una época. Existía la convicción de que como

la religión cristiana de hecho contribuye al bien común de la

sociedad, era asunto de interés político su difusión y defensa

por parte del estado. Además a los ojos de la autoridad

política y de los mismos evangelizadores, la población

autóctona tenía costumbres, prácticas religiosas y formas de

vida que debían ser superadas o incluso suprimidas en

vistas de su mayor humanización. En esa lógica, en la que

todavía no había aflorado el concepto de libertad personal

como derecho supremo de la persona, ni el Estado ni la

Iglesia querían privar de ningún modo a la población

indígena de ese beneficio. La violencia fue real, pero

también fue real la autenticidad evangélica, el coraje

misionero y el ardor de caridad que motivó y caracterizó el

esfuerzo de muchos misioneros para dar a conocer a

Jesucristo y la fe cristiana. Con sacrificio, generosidad,

audacia y celo ellos difundieron el mensaje del Evangelio y

establecieron la Iglesia.

 

14. Tampoco debemos fijarnos solamente en los

primeros años de la evangelización, sino en los tres siglos,

desde 1524 hasta 1821, en que la Iglesia, con el apoyo

ciertamente del Estado, promovió la fe, impulsó la educación

y el desarrollo de los pueblos, dio a la cultura sentido y

consistencia desde el Evangelio, fomentó las obras de

asistencia y caridad, impulsó la organización social de las

comunidades, y trajo luz y esperanza a los pueblos de

nuestro país. A los pueblos originarios de Guatemala se

aplica también lo que dice san Pablo: Dios fijó a cada pueblo

dónde y cuándo tenían que habitar, con el fin de que

buscaran a Dios, a ver si, aunque sea a tientas, lo podían

encontrar (Hch 17, 26-27). Por eso, desde el inicio de la

evangelización hasta nuestros días poco a poco encontraron

en la fe católica la luz que buscaban desde lo profundo de su

ser. De ese tiempo llega hasta nosotros la figura luminosa

del Santo Hermano Pedro de San José Betancur, ejemplo de

caridad y de fe en Dios. Todavía hoy nos quedan

testimonios elocuentes de aquella actividad evangelizadora

profunda, extensa y cualificada que se realizó durante la

época de la colonia. Las devociones y expresiones de la

religiosidad popular que, con todas sus limitaciones,

sostienen la fe y dan identidad católica a numerosos

creyentes hoy día tienen sus raíces en aquella primera

evangelización. Las organizaciones laicales de impronta

cristiana más antiguas, sobre todo en el ámbito de la

sociedad indígena, como son las cofradías, nos hablan de la

participación de la sociedad indígena en la vida de la Iglesia

colonial. La tarea evangelizadora entre la población maya

penetró la cultura y dio sentido a la vida. La conservación

del Popol Wuj de parte de Fray Francisco Ximénez habla del

esfuerzo por comprender la cultura quiché con el fin de

evangelizarla mejor; los catecismos en los idiomas

autóctonos guatemaltecos son testimonio del esfuerzo de

trasmitir y expresar la fe en el idioma del pueblo. Las

iglesias y conventos, las obras de orfebrería sacra, los

retablos, pinturas y tallas que han llegado hasta hoy son

testimonio de una fe que daba sentido a la vida, fundamento

a la moral, y apertura a la trascendencia de los creyentes de

aquella época. La evangelización fue la propuesta de una

forma de vida en referencia al Evangelio de Jesús.

15. Ya los años anteriores a la independencia se

caracterizaron por la creciente tensión entre el Estado y la

Iglesia. La expulsión de la Compañía de Jesús en la

segunda mitad del siglo XVIII es el acontecimiento que

marca, como insignia, el distanciamiento. A partir de allí,

muchas congregaciones religiosas disminuyeron el número

de personal en el trabajo pastoral. El primer siglo de la

época republicana concluyó con el distanciamiento total

entre el Estado y la Iglesia, hasta el punto que la Iglesia se

vio impedida en muchos sentidos para la realización de su

tarea evangelizadora. En muchos lugares, sobre todo en la

población indígena, la presencia de la Iglesia y la fe católica

se debilitaron hasta el punto de perder su identidad al

mezclarse más y más con elementos provenientes de la

espiritualidad maya que subsistían en las áreas rurales y en

los estratos de la población menos evangelizados. En estas

circunstancias las familias fueron las transmisoras de la fe,

las custodias de la espiritualidad, las defensoras de la

libertad para ser creyentes. Pero también en esos tiempos

de persecución, una mujer quetzalteca, que fue expulsada

del país, seguidora de la espiritualidad del Hermano Pedro,

brilla por su ejemplo de fidelidad a Dios y a la Iglesia: la

Beata Encarnación Rosal.

 

16. Sólo a partir de la tercera década del siglo

XX, se dio un resurgimiento de la Iglesia y una segunda

evangelización. Los nombres de dos obispos insignes se

deben mencionar en esta coyuntura. Mons. Mariano Rosell

Arellano, Arzobispo de Guatemala (1939-1964), logra dar a

la Iglesia católica presencia social, política y cultural en

aquella primera mitad del siglo XX. Gracias a sus gestiones,

el gobierno de Guatemala permitió el ingreso de los primeros

institutos religiosos que se dedicaron preferentemente a la

educación. Contemporáneo suyo, Mons. Rafael González

Estrada, que ejerció el ministerio episcopal entre 1944 y

1984, como obispo auxiliar de Los Altos y luego de

Guatemala, fue el impulsor de un gran movimiento

evangelizador sobre todo entre la población del Occidente

guatemalteco. Esta segunda evangelización de Guatemala,

en nombre de la Acción Católica, libre de toda injerencia

gubernamental y de toda violencia estatal, realizada por

indígenas laicos en sus comunidades prendió como fuego,

fue recibida como una buena nueva de libertad y en muchas

comunidades se recuerda esa acción misionera como el

punto de origen de su existencia actual. Queremos recordar

a don Francisco Gutiérrez, catequista quiché originario de

Totonicapán que a pie evangelizó el sur del departamento de

Quiché. Hoy ya no se puede decir que la fe católica actual

fue impuesta a la población por la fuerza, pues es fruto de

esta segunda evangelización.

 

17. A partir de mediados del siglo, el Estado

volvió a autorizar sin restricciones la actividad pastoral de los

institutos religiosos, que asumieron la tarea de reconstituir la

Iglesia en todas las regiones del país. Los frailes

franciscanos en Zacapa, Izabal, Jutiapa, San Marcos,

Totonicapán, Quetzaltenango y los capuchinos en

Chiquimula; los padres de Maryknoll en Huehuetenango; los

Misioneros del Sagrado Corazón en Quiché; la Congregación

del Inmaculado Corazón de María en Escuintla trabajaron

con ahínco para establecer la Iglesia y promover la fe. La

memoria de sor Cecilia Charrin perdura como ejemplo de

caridad y servicio a los pobres y enfermos en la ciudad de

Guatemala. Lamentablemente el conflicto armado creó

situaciones difíciles y de persecución, se dieron algunas

ambigüedades en la mente y las acciones de algunos

sacerdotes y religiosas, y la Iglesia, una vez más, fue objeto

de persecución casi indiscriminada de parte del Estado.

Pero la fidelidad de muchos a Cristo floreció en los cientos

de catequistas y delegados de la Palabra que resistieron en

la persecución, prefirieron derramar su sangre a traicionar su

fe, y dieron así testimonio del amor de Dios y de la verdad

del Evangelio. Sacerdotes como Hermógenes López, Tulio

Maruzzo, o.f.m., José María Gran, m.s.c., Faustino

Villanueva, m.s.c., Juan Alonso, m.s.c., Stanley Rother, y

Augusto Ramírez Monasterio, o.f.m., y laicos como Domingo

del Barrio Batz, Tomás Ramírez Caba, Miguel Tiu Imul,

Reyes Us Hernández, Nicolás Castro, Rosalío Benito, Juan

Barrera Méndez, Luis Obdulio Arroyo son siervos de Dios,

que encontraron la muerte por su fidelidad a Jesucristo y a la

Iglesia. Los procesos de canonización de todos ellos han

concluido en su etapa diocesana. Por tanto, también

nosotros, ya que estamos rodeados de tal nube de testigos,

liberémonos de todo impedimento y del pecado que

continuamente nos asedia, y corramos con constancia en la

carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jesús,

autor y perfeccionador de la fe (Hb 12, 1-2).

 

Los retos de hoy

18. A partir de mediados del siglo XX, se comenzó

a constatar que una nueva cultura se fraguaba en el ámbito

mundial, a causa del desarrollo de la ciencia y de la

tecnología. Es una cultura que se sostiene sobre el

desarrollo de los nuevos medios de comunicación social que

interconectan personas, pueblos, culturas y naciones en un

intercambio de mercancías, de ideas y de personas nunca

visto hasta ahora. Esta es la cultura de la globalización que

sirve de marco y referencia para las culturas locales y

regionales. Esa cultura incide en nuestra realidad y es el

reto principal de la evangelización.8

 

19. Una de sus características principales es su

exclusión de Dios o a veces también la banalización de Dios.

Por una parte, los modos de pensar que esa cultura fomenta

limitan la visión a las realidades temporales, como si fueran

las únicas que existen. Las dinámicas culturales impiden

que las personas se pongan las preguntas de fondo que

abren la existencia a las realidades divinas y eternas. Es

una cultura que ha renunciado al conocimiento de la verdad

como referencia objetiva, consistente y universal, y fomenta

sólo las visiones parciales y relativas que muchas veces se

reducen a intereses personales.9

 

20. De allí la creciente falta de ética y moral en

todos los ámbitos. La corrupción, la violencia, el atropello a

la vida indefensa, la disolución de la institución de la familia,

la exclusión y las desigualdades sociales tienen su origen en

la renuncia a una referencia ética universal como

fundamento del pacto social. Los intereses políticos,

financieros, empresariales de alcance global prescinden

muchas veces de la responsabilidad moral en el ámbito

local.10

 

21. Por otra parte, la trivialización de lo divino se

da en una proliferación de formas religiosas, algunas de las

cuales tienen mucho de espectáculo, de manipulación de los

sentimientos o de simple negocio de lo religioso. Nos

quieren hacer creer que todas son lo mismo, que todo es

igual. No es cierto. Muchas veces las cosas que se dicen

sobre Dios o sobre Jesucristo ni son verdaderas ni

corresponden a lo que Jesucristo nos enseñó acerca de

 

8 Cf. Aparecida, 33-42; 60-73

9 Cf. Aparecida, 43-59

10 Cf. Aparecida, 74-82.

 

 

Dios. Y eso es grave, porque si damos culto a Dios, y nos lo

imaginamos de un modo distinto a como Él es en verdad,

estamos dando culto a un ídolo, a un Dios que nos hemos

fabricado nosotros mismos con nuestra imaginación.

Muchas de esas ofertas religiosas fomentan el odio hacia los

católicos y hacia las personas que practican otras religiones.

Pero el odio nunca puede ser signo de la verdadera religión.

Otras propuestas religiosas no hablan de Dios, sino de

energías cósmicas e inducen a pensar que estar bien, que la

serenidad psicológica es el propósito de la religión, cuando

en realidad, la religión consiste en dejarnos amar por Dios y

amarlo a él sobre todas las cosas y al prójimo por amor a

Dios.

 

22. Incluso dentro de la misma tradición espiritual

maya se da una gran diversidad. En la población maya

menos evangelizada, hombres y mujeres tienen prácticas

religiosas y viven de una espiritualidad imbuida de una

cosmovisión tradicional. En algunos casos en esas prácticas

se mezclan elementos cristianos. Por otra parte, entre

académicos mayas y líderes de movimientos reivindicativos

de la identidad maya, se reafirman las prácticas religiosas

que llevan la impronta de la tradición religiosa maya como

elemento constitutivo de esa identidad. Hay incluso algunos

que dicen que la fe cristiana es una religión importada, que

su fundador vivió hace muchos siglos en otra nación y en

otra cultura, y que la religión que corresponde a cada pueblo

es la de su propia tradición cultural.

 

23. Sin embargo la misma globalización, facilita el

reconocimiento de que más allá de las diferencias

corporales, culturales, políticas, religiosas entre las

personas, la humanidad es una sola. El mundo se abre

como un espacio de oportunidades. Las migraciones, con

toda sus ambigüedades y aspectos negativos, son un

testimonio de cómo la humanidad toma conciencia de su

unidad, las culturas se fecundan mutuamente y las

diferencias pasan a segundo término para tomar en cuenta la

condición humana común a todas las personas. Las

riquezas de las culturas humanas se pueden compartir y

todos nos podemos enriquecer y humanizar con los logros

de los otros, en un proceso de interculturalidad, en el que la

propuesta evangelizadora contribuye de un modo singular.

 

24. Hoy se nos pide a los creyentes renovar

nuestra fe en estas nuevas condiciones culturales, estamos

urgidos a comunicar a otros el testimonio de Jesucristo, y

hemos recibido la tarea de ser evangelizadores de la fe

cristiana para que más y más personas puedan compartir la

alegría y la esperanza de ser seguidores de Jesucristo en la

Iglesia.

 

La fe que nos salva

25. Creemos que Dios es uno, y lo es para toda la

humanidad. Jesucristo con su mensaje fue más allá de las

diferencias culturales a los problemas y preguntas que

surgen del corazón de todo hombre y mujer sea cual sea el

pueblo al que pertenezca. Jesús responde a preguntas tan

graves como el sentido de la vida frente al hecho de la

muerte o el del valor de la vida personal frente a la

enfermedad, la pobreza o los errores y pecados que

cometemos. La propuesta de Jesús inaugura de ese modo

la conciencia de la unidad de la humanidad. Aunque él tuvo

su origen en un lugar distante del nuestro, su oferta nos

concierne muy de cerca. Respondemos a la oferta de Jesús

con la fe.

 

26. Pero, ¿qué es la fe? La fe es la respuesta

humana a la llamada que Dios nos ha hecho en Jesucristo

para una vida en unión con él y con las otras personas.11 Es

la voluntad y la decisión de seguir a Jesús, de tomar su

propuesta de vida como referencia principal de la vida.

Sígueme, es la palabra que Jesús dirige a quienes invita a

ser sus discípulos. Esto es lo que Dios espera de ustedes:

que crean en aquél que él envió (Jn 6,29), explica Jesús a la

multitud que lo escucha en Cafarnaúm.

 

27. El que escucha y sigue a Jesús recibe de Él el

don de Dios. Jesús nos enseña a conocer a Dios, Padre

 

 

11 Cf. Catecismo de la Iglesia católica, 142-143

17/

 

misericordioso, que nos acoge y nos recibe para que

seamos sus hijos. Es el Padre Creador de todo lo que existe

y por eso hacia Él también se dirige nuestra vida, pues en Él

encuentra su plenitud. Dios creó el mundo y la humanidad

por el desbordamiento de su bondad y de su misericordia.

Jesús nos enseña que Dios se acerca a nosotros

precisamente porque somos débiles y pecadores, y nos

levanta y nos sostiene para que seamos santos, para que

vivamos con Él para siempre. Dios nos ama, siempre nos ha

amado. A pesar del rechazo y del pecado humano, Dios no

abandonó su proyecto de amor, sino que le ha ido abriendo

camino en la historia de la humanidad. Quien entiende la

propia vida en referencia a Dios que es origen de nuestra

vida y es la plenitud a la que aspira nuestro corazón, ése

tiene fe.

 

28. Jesucristo es la manifestación suprema del

amor de Dios, porque tanto amó Dios al mundo que le dio a

su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca,

sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Jesucristo nació de la

Virgen María, para ser hombre como nosotros. Predicó el

Reino para manifestar la posibilidad de una vida alternativa,

cuando libremente nos dejamos gobernar por Dios para que

su reino se establezca en nosotros. Jesucristo murió en la

cruz como testigo de la verdad y del amor de Dios. Su

muerte en la cruz nos obtuvo el perdón de los pecados y la

reconciliación con Dios. Jesucristo resucitó de entre los

muertos para inaugurar una forma de vida nueva. Vendrá al

final de los tiempos para llevar a conclusión su obra

salvadora y llevar a los creyentes y al mundo entero hasta la

plenitud de Dios. El que escucha y sigue a Jesús queda

implicado en la historia de amor de Dios, que desde el inicio

de la creación quiere compartir su vida y su alegría. Quien

se hace discípulo de Jesús y asume el Evangelio como

forma de vida, esa persona tiene fe y es cristiano.

 

29. El que escucha y sigue a Jesús, no está solo.

Junto con otros discípulos y seguidores de Jesús forma una

comunidad de fe, que llamamos la Iglesia. Jesús y el

Padre Dios comunican al creyente el don de su Espíritu

Santo, que es germen de vida nueva. Todos los creyentes,

unidos en la comunión de ese mismo Espíritu, formamos una

sola comunidad, y somos testigos del amor de Dios. Para

ser parte de esa comunidad debemos profesar públicamente

la fe en Cristo, recibir el bautismo que nos purifica y

participar en la eucaristía que es el Cuerpo de Cristo que nos

une a él de tal modo, como los sarmientos están unidos a la

vid y comparten la misma vida de la vid (cf. Jn 15,5). Quien

se une a la comunidad de creyentes y participa en la Iglesia

tiene fe.

 

30. El que escucha y sigue a Jesús y comparte la

vida nueva que viene de Dios, expresa en sus obras y

acciones el amor que recibe de Dios. Los seguidores de

Jesús damos a conocer nuestra identidad a través de las

obras del amor. La fe actúa por el amor (cf. Gal 5,6). Por el

amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos

que ustedes son discípulos míos (Jn 13,35). Por eso,

también actuamos en todo momento para ajustarnos a la

voluntad de Dios, a lo que es verdadero, a lo que es bueno,

a lo que es bello. El creyente cumple los mandamientos de

Dios. Seguir a Jesús y vivir como hijos de Dios por la fuerza

del Espíritu nos humaniza, nos lleva a ser perfectos como el

Padre del cielo (cf. Mt 5,48) y a alcanzar así la santidad. Por

eso el creyente se proyecta en la sociedad en la que vive

para introducir en el tejido social el sentido moral, la

búsqueda del bien común, el esfuerzo de la solidaridad.

Quien actúa con coherencia moral por amor y obediencia a

Dios tiene fe.

 

31. El que escucha y sigue a Jesús, y está unido a

él, ha vencido al pecado y a la muerte. El que cree en mí,

aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en

mí, jamás morirá, declara Jesús (Jn 11, 25-26). La muerte

es el gran adversario, el enigma que se cierne al final de la

vida humana, y que parece quitar el sentido y valor a todo

esfuerzo por el bien y la justicia. Pues, ¿para qué ser bueno

si la vida acaba igual para el bueno que para el malo? Si

nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida,

somos los más miserables de todos los hombres (1Cor 15,

19). Pero Cristo ha abierto el paso a través de la muerte.

Ha revelado con su muerte y resurrección que Dios concede

a sus hijos una vida nueva más allá de la muerte. Los que

escuchamos y seguimos a Jesús, también lo seguimos a

través de la muerte en una vida plena en la presencia de

Dios. Quien espera recibir de Dios la vida eterna y vive en la

esperanza y el amor tiene fe.

 

La nueva evangelización para la transmisión de la fe

32. Anunciar el evangelio no es para mí un motivo

de gloria; es una obligación que tengo, ¡y pobre de mí si no

anunciara el evangelio! (1Cor 9, 16). Esa era la convicción

que movió a san Pablo en su obra apostólica, que lo llevó a

recorrer cientos de kilómetros para llevar la buena noticia de

Jesús hasta los confines del mundo entonces conocido. Esa

motivación, esa convicción, tiene que sostener también

nuestro empeño evangelizador el día de hoy.

 

33. Anunciamos a Jesucristo. Es el mismo

ayer, hoy y siempre (Hb 13,8). Pero las circunstancias

culturales y sociales en que debemos anunciar el mismo

evangelio eterno (Ap 14,6) han cambiado. Tras siglos de

prácticas pastorales nos anquilosamos y seguimos haciendo

las mismas cosas de los mismos modos, cuando el mundo

alrededor nuestro se ha transformado. De allí la

convocatoria a una nueva evangelización para la transmisión

de la fe cristiana.

 

34. Desde el año 1983, el beato Papa Juan Pablo

II nos convocó a una nueva evangelización.12 Nos explicó

que no se trataba de un nuevo evangelio o de un nuevo

Jesucristo o de una descalificación de la primera

evangelización. Sino que en consideración de los cambios

culturales y de las transformaciones sociales era necesario

proponer el Evangelio de siempre con un nuevo ardor en el

pecho, una nueva expresión en la boca y un nuevo método

en la acción.

 

12 JUAN PABLO II, Discurso a la asamblea del CELAM. Portau-

Prince (Haití), 9 de marzo de 1983.

 

 

35. El calificativo “nuevo” se puede entender de

dos maneras. La palabra nuevo se utiliza para designar algo

“reciente”. “Nuevo” es lo que apareció hace poco. En ese

sentido, “nuevo” se contrapone a “antiguo”. Al hacer algo

nuevo, dejamos de hacer lo antiguo. En ese sentido el

nuevo ardor, las nuevas expresiones, los nuevos métodos

sugieren hacer las cosas de otro modo que sustituya a los

modos como se ha venido haciendo hasta ahora. En ese

sentido el empleo de los medios de comunicación social, que

sostienen la nueva cultura de la globalización, es un

imperativo pastoral para la evangelización de las personas

en los tiempos nuevos.

 

36. Pero la palabra “nuevo” tiene en el campo

bíblico y teológico un significado más profundo, como

cuando se utiliza en las expresiones “alianza nueva”,

“testamento nuevo”, “mandamiento nuevo”, “hombre nuevo”.

La palabra “nuevo” en este contexto se refiere a Cristo.

Nuevo es lo que reencuentra en Cristo su autenticidad,

su originalidad, su frescura y vigor. En este sentido, la

convocatoria a emplear un nuevo ardor, nuevas expresiones

y nuevos métodos es una llamada a renovarnos desde la

frescura del Evangelio y el vigor misionero del Nuevo

Testamento.

 

37. El nuevo ardor es sólo posible si cada uno de

nosotros los creyentes renueva su encuentro con Jesucristo.

A veces sabemos muchas cosas acerca de Jesús, de su vida

y su doctrina, pero no nos hemos encontrado con él, no

hemos tenido la ocasión de que él nos hable al corazón, de

que sus palabras pongan luz en nuestra mente y fuego en

nuestro ánimo. En un momento de discernimiento, Jesús

dejó en libertad a sus discípulos para abandonarlo. En esa

ocasión Pedro contestó: Señor, ¿a quién iríamos? Tus

palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que

tú eres el Santo de Dios (Jn 6,68). Pedro había escuchado,

había seguido, había convivido con Jesús, y por eso sabía

que nadie más que él puede salvarnos, pues sólo por su

medio nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la

tierra (Hch 4,12). La posibilidad de ese encuentro con Cristo,

21/

 

 

no fue privilegio solo de sus contemporáneos históricos.

Cristo está vivo y resucitado en el cielo y también es

contemporáneo nuestro. Desde el cielo Él se hace presente

a quienes leen sus palabras en la Escritura, a quienes se

acercan a los sacramentos, a quienes lo buscan en la

oración y lo sirven en su prójimo. Si sólo conocemos a

Jesucristo de oídas y por lo que nos cuentan, nos faltará el

impulso para darlo a conocer a los demás. Pero si

conocemos a Jesús porque él ha tocado con su palabra y

con su presencia nuestro propio ser, entonces tendremos el

ardor para darlo a conocer a los demás. Debemos renovar

nuestra fe desde el encuentro diario con Jesucristo, y como

los discípulos de Emaús, cuando él nos explique las

Escrituras, sentiremos el nuevo ardor en el corazón (cf. Lc

24, 32).

 

38. La nueva expresión que debe caracterizar la

nueva evangelización se refiere no solo al lenguaje verbal,

sino a los gestos, a las actitudes, al talante evangelizador.

No damos testimonio de un Dios acogedor, si en nuestra

pastoral somos excluyentes; no damos testimonio de un Dios

misericordioso, si en nuestras actitudes somos rígidos y

estamos más prontos a condenar que a llamar a la

conversión; no damos testimonio de un Dios que se acerca a

los pecadores, a los pobres, a los enfermos, si conservamos

en nuestras relaciones los prejuicios y la mentalidad sectaria

de la sociedad en la que vivimos. La nueva expresión tiene

que ver con nuestra capacidad de imitar esas actitudes de

Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida

en rescate por todos (Mc 10,45). La nueva expresión tiene

que ser una actualización de la actitud de Jesús, que declaró

que no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Y

que él no había venido a llamar a los justos, sino a los

pecadores (cf. Mc 2,17). La nueva expresión es la que pone

de manifiesto la actitud de Dios que se parece al pastor que

sale a buscar la oveja que se le perdió sin estar contento con

las noventa y nueve que ya tiene al seguro en el redil, pues

en el cielo hay más alegría por un pecador que se convierta

que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse

(Lc 15,7). La nueva expresión de la nueva evangelización se

realiza cuando la tarea pastoral está imbuida de las actitudes

que caracterizaron a Jesús en su propio ministerio

evangelizador.

 

39. Finalmente, los nuevos métodos de la nueva

evangelización se refieren a la creatividad pastoral que sabe

adaptar los modos y las formas a las circunstancias y a las

personas. San Pablo daba testimonio de este rasgo

evangelizador cuando afirmaba: siendo como soy

plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar

a todos los que pueda. Me he hecho judío con los judíos,

para ganar a los judíos. Con los que están sin ley, yo, que

no vivo al margen de la ley de Dios pues mi ley es Cristo,

vivo como si estuviera sin ley, a ver si también a éstos los

gano. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los

débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos,

para salvar como sea a algunos. Y todo lo hago por el

evangelio, del cual espero participar (1Cor 9, 19-20. 21-23).

No se trata de presentar el Evangelio con parcialidad, para

hacerlo aceptable a unos o a otros, quitando unos aspectos,

silenciando otros o añadiéndole cosas extrañas. Se trata de

tener la creatividad pastoral para saber presentar al mismo y

único Jesucristo a todas las diversas personas según sus

circunstancias, encontrando la puerta de entrada, la

sensibilidad espiritual, la ventana de receptividad propia de

cada uno.

 

40. Los nuevos métodos también implican la

conciencia aguda de que esta obra no es una tarea

simplemente humana. También san Pablo nos ilumina. En

diversas ocasiones nos da testimonio de su conciencia de

que él es un instrumento en la mano de Dios y que la fuerza

del Evangelio no procede de sus artes retóricas sino del

poder de Dios. Me presenté ante ustedes débil, asustado y

temblando de miedo. Mi palabra y mi predicación no

consistieron en sabios y persuasivos discursos; fue más bien

una demostración del poder del Espíritu, para que

fundamenten su fe, no en la sabiduría humana, sino en el

poder de Dios (1Cor 2, 3-5). Muchas veces creemos que el

logro de los fines pastorales reside en la capacidad de

elaborar y proponer planes pastorales, de preparar los

organigramas administrativos, de obtener el financiamiento

para ejecutar la obra. Eso sería confiar exclusivamente en la

sabiduría humana. Estas cosas son útiles, con tal de que

reconozcamos siempre su valor instrumental. La

evangelización es obra de Dios en nosotros y por nosotros.

Ese es el fundamento del nuevo método que debe articular la

nueva evangelización. Gustosamente, pues, seguiré

enorgulleciéndome de mis debilidades, para que habite en

mí la fuerza de Cristo, porque cuando me siento débil,

entonces es cuando soy fuerte (2Cor 12, 9.10), dice san

Pablo. Nuestra actuación pastoral siempre debe hacer

patente que la fuerza que actúa y hace operativa la

evangelización es la de Dios, no la nuestra. De nuevo san

Pablo nos da testimonio, cuando se refiere al Evangelio y su

misión de evangelizador con estas palabras: Este tesoro lo

llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una

fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros

(2Cor 4,7).

 

Salió el sembrador a sembrar

41. La parábola del sembrador (Mc 4,3-9; Mt 13,4-

9; Lc 8,5-8) sirvió a Jesús para describir su propio ministerio

de evangelizador. La parábola describe la generosidad con

que el evangelizador esparce la palabra y advierte sobre el

éxito limitado del esfuerzo, si las cosas se miran con criterios

puramente humanos. El evangelizador tropieza con oyentes

con muy diversa receptividad. Algunos rechazarán desde el

principio la oferta del Evangelio. Otros acabarán

rechazándola por falta de conversión o perseverancia. Pero

siempre estarán quienes acojan la palabra de Dios por medio

de la fe y la hagan fructificar, no todos por igual, sino

conforme al don de Dios. También hoy el Señor Jesús nos

invita a seguir sus huellas de evangelizador y transmitir de

manera generosa, amplia y abarcadora la palabra de la fe.

Se trata de una perla preciosa, que el comerciante que la

sabe valorar venderá todo lo que tiene para adquirirla. Es

decir, la palabra del Evangelio será reconocida en todo su

valor por aquellos que estén a la búsqueda de la palabra de

vida. Ellos se despojarán de todo lo que impida abrazarla,

para hacer de la fe su forma de vida (cf. Mt 13,45-46). La fe

no puede quedar confinada a los actos religiosos y cultuales.

La fe tiene que animar también todas las dimensiones de la

vida humana, de modo que la fe ilumine y dé sentido, y la

vida personal y social sea expresión de la fe asumida y la

cultura lleve la impronta de la fe a través de la acción de los

creyentes.13

 

42. En la sociedad y la cultura de hoy, tres son los

ámbitos de incidencia donde sembrar la semilla, donde

transmitir la fe, donde hacer operante el poder transformador

del Evangelio. El primer ámbito es la familia. Hoy son

múltiples y diversas las agresiones que sufre: parejas que

no se toman en serio mutuamente ni hacen proyecto de

convivencia permanente sino que solo juegan al sexo y a

tener hijos sin implicarse ambos en la responsabilidad de

educarlos; la violencia intrafamiliar que se oculta con

frecuencia bajo las formas de una convivencia de pareja,

pero que está marcada por el sufrimiento, la humillación y el

miedo del cónyuge y de los hijos; la infidelidad que introduce

el engaño, la falta de confianza, y hasta la enfermedad en la

vida íntima de la pareja.

 

43. Se ha dicho siempre que la familia es la

primera comunidad natural humana, fundamento de la

sociedad y de la comunidad eclesial. La familia tiene su

origen en la misma naturaleza humana, pues se funda en la

convivencia estable de un solo hombre con una sola mujer

para siempre, con el fin de apoyarse mutuamente, de

engendrar y educar a los hijos y contribuir al bien común de

la comunidad humana en que viven. La primera obra de la

evangelización consiste hoy día en fortalecer esta institución

para que se realice como debe ser y entre creyentes, esté

santificada por el sacramento. La familia es el primer ámbito

de incidencia en la vida del creyente, para la transmisión y el

crecimiento en la fe, para la maduración como personas en

el respeto mutuo y en la capacidad de relaciones humanas

 

13 PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (8

diciembre 1975), 17-20.

 

constructivas, para la educación de los hijos con amor para

que adquieran conciencia de su dignidad y sentido de vida,

para contribuir al bien de la comunidad en la que vive la

familia. La familia ha sido el ámbito en que se transmite la

fe, donde los niños reciben su primera instrucción religiosa y

aprenden a orar y a vivir de acuerdo con los mandamientos

de Dios. En la crisis del tiempo presente ha dejado de

cumplir esta función. Queremos agradecer a las familias que

se esfuerzan por mantener viva la fe recibida y por

transmitirla a los hijos. Por eso nuestro empeño de

creyentes debe ser restituir la familia a su salud institucional

natural, para que sea también el instrumento de

humanización como Dios la estableció desde la creación.

 

44. Un segundo ámbito de incidencia de los

creyentes es el laboral. Hoy presenta unos retos enormes.

No hay suficiente oferta laboral para todos, ni el trabajo que

se realiza genera el ingreso necesario para una vida digna,

sobre todo en el campo. El trabajo informal, esporádico, no

permite el desarrollo de la persona sino que la mantiene en

un estado de supervivencia. La falta de ingreso genera el

drama de la migración, que disgrega familias, lanza al

migrante en una aventura muchas veces mortal, lo expone a

humillaciones e incertidumbres de todo tipo. Otras veces las

condiciones laborales son humillantes por el trato inhumano,

por los salarios retenidos y escamoteados, porque el

empleador trata el trabajo como un insumo y una mercancía

más y no como la colaboración de la persona del trabajador

en la empresa. Estas condiciones se dan sobre todo allí

donde prevalecen condiciones de trabajo en las que la vida

misma del trabajador y su familia dependen de la voluntad

del empleador, como son algunas empresas de producción

agrícola que mantienen relaciones laborales propias del

régimen de servidumbre.

 

45. La fe que actúa a través de la caridad exige

conductas específicas en el ámbito laboral tanto a los

empleados y a los empleadores como a las autoridades. A

través del ejercicio del trabajo y de una profesión, la persona

no sólo gana el sustento para sí y para su familia. También

que contribuye al bien común de la sociedad aportando el

servicio, el talento, el conocimiento capaces de crear unas

condiciones de vida más humanas, de incrementar la riqueza

de una sociedad, y de fortalecer los lazos de solidaridad y de

identidad comunitarias así como las perspectivas de futuro.

El trabajo hecho con responsabilidad y con sentido de

servicio humaniza a quien lo realiza y contribuye a la

humanización de la sociedad. Por otra parte, los

inversionistas y empresarios son creadores de trabajo y

factor indispensable en el desarrollo de la economía por

medio del fomento de empresas con responsabilidad social,

ecológica y laboral. El inversionista cristiano tiene la grave

responsabilidad de tratar a sus trabajadores como

colaboradores de la empresa y no simplemente como

insumo de producción. Por otra parte es responsabilidad de

la autoridad pública procurar y facilitar la creación de

suficientes puestos de trabajo para cubrir la demanda laboral

de modo que los salarios también alcancen para una vida

digna, asegurar que la inversión tenga como primer objetivo

el bien de la población y se asegure el desarrollo del país.

Una adecuada evangelización del ámbito laboral hará que

trabajadores, empresarios y las entidades gubernamentales

responsables actúen para hacer que el ámbito laboral sea

lugar de incidencia salvadora del Evangelio de Jesús.

 

46. Un tercer ámbito de incidencia de la fe es el

comunitario, la vida en sociedad en general, en sus

dimensiones políticas, económicas, culturales y sociales. El

secularismo que prescinde de toda referencia a Dios y el

relativismo ético que ignora todo criterio objetivo para juzgar

la calidad moral de la conducta humana son dos rasgos que

favorecen el atropello de la dignidad de las personas y la

disolución del tejido social. De esa cuenta las personas se

rigen por el propósito de alcanzar objetivos por medio del

poder, aunque haya que valerse de actos violentos,

corruptos o abiertamente criminales. La vida humana se

vuelve mercancía negociable por medio del aborto, la trata

de personas, el terrorismo indiscriminado, la tortura. La

sociedad pierde el sustrato moral que hace posible la

gobernabilidad y las mismas personas constituidas en

autoridad actúan por el interés personal o sectario, olvidando

el bien común. Se proponen ingenierías sociales que

atentan contra instituciones fundamentales de la sociedad

como el matrimonio, para impulsar nuevas configuraciones,

que ignoran la realidad objetiva de que la sexualidad humana

está de por sí constituida para la reciprocidad entre el

hombre y la mujer.

 

47. La fe también incide en la vida comunitaria a

través de la participación ciudadana. Sobre todo a los laicos

compete la transformación de las estructuras sociales,

políticas, económicas, financieras, culturales de modo que

estén al servicio de la persona y de la comunidad humana.

Dos son las contribuciones principales de la fe en el ámbito

comunitario: mantener la referencia a Dios como fundamento

más profundo de la realidad y motivar a la acción

moralmente responsable en los respectivos ámbitos de

incidencia. Las relaciones humanas deben fundarse en la

búsqueda de la justicia y la equidad, pero no basta. La fe

contribuye también a fomentar la gratuidad en las relaciones

entre las personas, pues el creyente sabe que su existencia

se debe a la gracia y el favor de Dios. La gratuidad

humaniza, impulsa la solidaridad y favorece la superación de

los agravios e injurias.

 

A cada uno ha sido dada la gracia

48. Las responsabilidades de incidencia en los

ámbitos de la vida humana varían según las capacidades

personales, según la vocación que cada uno ha recibido,

según las oportunidades que se presenten. A cada uno de

nosotros le ha sido dada la gracia según la medida del don

de Cristo (Ef 4,7). Por eso queremos recordar la tarea que a

cada uno de nosotros incumbe en la transmisión de la fe y en

la acción desde la fe.

49. Nosotros, los obispos, en primer lugar,

hemos recibido el encargo y la misión de anunciar el

Evangelio de Jesús para suscitar la fe. Somos nosotros

mismos quienes debemos asumir en primera persona lo que

aquí hemos expuesto. Pedimos a Dios su gracia y a

ustedes, hermanos, su oración, para que sepamos cumplir

como Dios quiere esta misión de ser los primeros

responsables de la nueva evangelización para la transmisión

de la fe cristiana.

 

50. A nuestros colaboradores inmediatos, los

presbíteros y los diáconos permanentes, hacemos un

llamado apremiante para renovar el encuentro con Jesucristo

y ofrecerse nuevamente, como el día de la ordenación, en

total disponibilidad al Señor. Muchos son los lastres que a

veces entorpecen el empuje evangelizador: el tedio, el

acomodo para hacer siempre lo mismo, la fijación en algunas

ideas pastorales o teológicas caducas, la pretensión de

inventarse una iglesia según las propias ideas, la falta de

gobierno en la propia vida, la falta de oración y comunicación

con Dios. Fíjense, pues, en aquel que soportó en su

persona tal contradicción de parte de los pecadores, a fin de

que no se dejen vencer por el desaliento (Hb 12,3). Por otra

parte agradecemos a todos aquellos ministros del Señor que

animados por el Espíritu se ponen cada día al servicio del

Evangelio y llevan a cabo con entusiasmo, con alegría, con

sacrificio, con abnegación, el testimonio de Jesús para la

transmisión de la fe. Y a los seminaristas, que se preparan

para ofrecer su vida a Cristo como sus ministros, los

animamos a conocer cada día mejor a Jesús, a encontrarse

con él y a mantener el trato con él en la oración.

 

51. A los religiosos y las consagradas invitamos

a renovar cada día su consagración a Dios y al Evangelio.

Son muchos los carismas que han dado origen a la multitud

de institutos religiosos. Todos ellos actualizan un aspecto

del ministerio de Jesús: sea su misión de evangelizador, su

cercanía a los pobres, a los enfermos y a los débiles, su

atención a los niños, su vocación de Maestro, su vida de

oración. Los jóvenes hombres y mujeres que optan por la

vida consagrada deben saber que Jesús es su modelo y que

a él consagran su vida. Exhortamos y animamos a los

miembros de los institutos de vida consagrada a trabajar

siempre con la conciencia de que son parte de la Iglesia

particular en la que desempeñan su ministerio particular. La

comunión, no sólo espiritual, sino también operativa, con la

Iglesia local será siempre signo de autenticidad evangélica.

 

52. Finalmente exhortamos a los fieles laicos a

asumir su misión propia, la de ser sal y levadura en las

realidades temporales para que poco a poco y cada día más

esas realidades entren en la dinámica del Reino de Dios. En

la familia, en el trabajo, en la participación comunitaria y

ciudadana, en el campo de la educación, de la cultura, de los

medios de comunicación social, en el comercio, en las

diversas profesiones e incluso en el deporte hay espacio

para dar testimonio de que Dios ofrece un modo distinto y

alternativo de plantearse la vida que tiene su fundamento en

la fe.

 

Dichosa tú que has creído

53. Al final de nuestro mensaje queremos evocar

e invocar la figura de la Virgen María, la mujer creyente. De

ella nos dice san Lucas que conservaba todos los recuerdos

y palabras que se decían de Jesús y los meditaba en su

corazón (cf Lc 2, 19. 51). Ella fue alabada por Isabel como

mujer creyente: Dichosa tú que has creído. Porque lo que te

ha dicho el Señor se cumplirá (Lc 1,45). Ella fue obediente

al Señor, para que la palabra de Dios se realizara en ella

conforme al designio del Señor. Ella nos muestra cómo

debemos colaborar en la obra de Dios. Con obediencia y fe,

con total disponibilidad y humildad, con alegría y confianza

en el Señor. Que ella interceda por nosotros y acompañe

con su oración la obra de la nueva evangelización para la

transmisión de la fe cristiana.

 

Guatemala, 11 de julio de 2013.

 

 

ƒÈ Rodolfo Valenzuela Núñez

Obispo de la Verapaz

Presidente

de la Conferencia Episcopal de Guatemala

ƒÈ Oscar Julio Vian, S.D.B.

Arzobispo de Santiago de Guatemala

ƒÈ Julio Edgar Cabrera Ovalle

Obispo de Jalapa

ƒÈ Víctor Hugo Palma Paúl

Obispo de Escuintla

ƒÈ Rodolfo Mendoza H.

Obispo Auxiliar de Santiago de

Guatemala

ƒÈ Raúl Antonio Martínez Paredes

Obispo Auxiliar de Santiago de

Guatemala

ƒÈ Mario Fiandri, S.D.B..

Vicario Apostólico de Petén

Pbro. Juan María Boxus

Administrador Diocesano de Zacapa

y Santo Cristo de Esquipulas

ƒÈ Bernabé Sagastume, O.F.M. Cap.

Obispo de Santa Rosa

Secretario General de la

Conferencia Episcopal de Guatemala

ƒÈ Mario Alberto Molina Palma, O.A.R.

Arzobispo de Los Altos,

Quetzaltenango- Totonicapán

ƒÈ Alvaro Ramazzini Imeri

Obispo de Huehuetenango

ƒÈ Pablo Vizcaíno Prado

Obispo de Suchitepéquez- Retalhuleu

ƒÈ Gonzalo de Villa y Vásquez, S.J.

Obispo de Sololá Chimaltenango

ƒÈ Rosolino Bianchetti Boffelli

Obispo de Quiché

ƒÈ Domingo Buezo Leiva

Vicario Apostólico de Izabal

Pbro. Antonio Calderón

Administrador Diocesano de San Marcos